Salón Mati

cortes y permanentes

miércoles, mayo 04, 2005

La duración de la esperanza

Al llegar al trabajo, abro el diario digital. Primera noticia, algo inaudito, un juez de Mercedes ordenó la apertura preventiva de las cajas de seguridad de cuatro morosos impositivos que deben cada uno más de 10 mil pesos en impuestos. Me parece alentador. "La mejor manera de respetar al que paga es perseguir al que no paga", dice el gobernador Felipe Solá. Me digo, ¡Muy bien!. Una campaña moralizante se ha puesto en marcha para castigar por una vez a los evasores. No importa, me digo, que los peces más gordos no sean perseguidos. Estos morosos deben de todas formas. Y si bien diez mil pesos no son una suma sideral, hacen muchos recursos repartidos entre los hospitales y las escuelas. Tengo entonces una ensoñación anacrónica, caigo en un hechizo temático. Imagino la edificación de barrios obreros, calles de barrios con chalets, una fantasía social completa con todos sus detalles como los cuadros de Daniel Santoro. Y me ilusiono con la proyección, a lo Brecht, "después irán por los herederos de Yabrán y por Miguelito Romano y todos los de mi competencia, históricamente los mayores evasores hormiga de este país de pagos en negro, los garagistas que nunca dan boleta y se tragan tu iva, y por último con los psicoanalistas ricachones que pagan monotributo". Con la alegría del sacrificio, como un donante de sangre que salva al enfermo anónimo, me hago peronista durante una hora.
Tomo café y rueda la página. ¿Para qué? Más abajo leo que el gobernador niega haber cobrado sobresueldo cuando era secretario de agricultura durante la primera gestión de Menem. Cuesta creerle. "Ah, pequeño saltamontes! En este valle la esperanza es una sensación efímera."

martes, mayo 03, 2005

Buchecito semifredo

En "Confidencias", uno de los mejores programas del cable y de toda la tv (en Cosmopolitan), la colombiana Alessandra, una sexóloga completamente encantadora y sin ningún eufemismo, aconsejaba los buches de té tibio alternados con buches de cubitos a fin de lograr variedad durante la fellatio, "que a fin de cuentas tiene siempre el mismo sabor". Se lo recomiendo a una corresponsal de Madrid que anda por acá; el programa, le recomiendo. Digo,
—Habrá que volver a las palanganas.
Me mira muy seria,
—Ah, en España eso sí que no se estila.

Buda en el gimnasio

En el Megatlon de la avenida Juan B. Justo, todos están mascando fierro a las 8 de la mañana, salvo nuestro Bartleby. El llega muy temprano y despacha los aparatos de la planta baja en quince minutos y a la más baja intensidad, y sube la escalera de metal, se refugia el resto de su hora en las máquinas del entrepiso. Es de mediana estatura y está gordo como un lechón cebado por la granjera del Chanchito Babe. Y aunque debe andar por los treinta y cinco años, está condenado: el lo sabe y reconoce que su problemita ya no lo va a resolver. No tiene voluntad. La voluntad se le minó o, como diría el Vizconde Valmont, la perdió en sus viajes. En cuanto sube se sienta en el aparato de cuádriceps, es fácil, es de sentado; solo tiene que levantar las piernas flexionadas hasta la altura de las rodillas, el peso descansa en el rodillo que levanta con los empeines del pie y hasta puede agarrarse de dos manijas laterales para hacer más fuerza. Es inútil, no tiene voluntad salvo para negarse. Prefiere no hacerlo. A gatas lo levanta cuatro veces y se duerme, agotado, el resto de la hora. Es un muñeco Michelín, con su neumático de mayor circunsferencia justo a la altura de la cintura. Pero auténticamente se duerme, algo envidiable, un sueño profundo sentado en la máquina con todo el cuerpo arrepollado en sí mismo y agarrado de las manijas, a lo mejor sueña que se ejercita. El instructor lo bautizó el Buda. A veces alguno protesta porque ocupa la máquina en vano, pero es que no lo entienden. El Buda se despierta con puntualidad una hora después y se ducha, por lo mucho que ha sudado.

lunes, mayo 02, 2005

Las bolas y el viento, sucundúm

Algo está cambiando. No, en serio, es superimportante. Aunque el estilo se conserve, el contenido da un vuelco. En "La Nación" de hoy, un despacho del Foro Iberoamérica en Barcelona. El periodista mira por su ventana a los veraneantes en las playas de Barcelona y pondera a las "viejas aldeanas marchando todavía por la rambla adyacente a las arenas... Serían menos fisgonas si de verdad se escandalizaran por tantas muchachas en flor que retozan una desnudez sin complejos; Evas que hasta se despojan de la hoja iconográfica (o de parra). O si dejaran de mirar a ese barbudo corpulento. El hombre esponja con energía, como si nada, bajo la ducha a pleno sol, una masa testicular que no necesariamente un centinela de la moral pública habría inferido, por el conjunto de su humanidad, como más voluminosa que la del cerebro."
En otras palabras, en la rambla todos en pelotas. Y el cronista, de lo más cachondo. ¡Olas son las del Mediterráneo!

Tester

Estoy redactando un texto muy básico y simple a propósito del boom latinoamericano. Debe ser breve, una fórmula de álgebra. Anoto esta frase: "Argentina, un país cuya tradición literaria moderna hizo un dogma del desdén al color local, no ha tenido exponentes significativos de lo real maravilloso." Me detengo, Cortazar pasa por un pilar del boom, en particular "Rayuela". Ese mencionado desdén, me digo, es en su origen un hecho político, ¿hasta qué punto no es un rasgo profundo de identidad? Sin embargo, yo hago un dogma del desdén a la identidad. "El exceso de identidad engendra la guerra", le oí decir una vez a H. Libertella.
Sigo con el texto básico: "Casi como una profecía autocumplida de estas imágenes latinoamericanos, el boom no incluyó a brillantes autores de temática homosexual: Severo Sarduy, Manuel Puig, Reinaldo Arenas." ¿Esto es justo? Más básico todavía, ¿es exacto? Acepto sugerencias encantada.

domingo, mayo 01, 2005

El buen actor

Anoche en Film&arts, en el programa "Inside the actor´s studio", extraordinaria entrevista con uno de mis actores favoritos. Le tengo un poco de idea al gremio, yo. Me quedó ese desdén de Hitchkock, que solía rodar al grito de "Luz, cámara, ladren!" Reconozco que desprecio a la gran mayoría, pero cuando me gusta un actor me parece un ser superior, un artista de las mutaciones, me hago fanática de su secta, veo todo, lo bueno y lo malo que hicieron, se convierten en mi santo. Me pregunto por qué Martin Sheen (¡su verdadero nombre es Ramón Estevez!)no es considerado uno de los más grandes. En el reportaje cuenta cómo fue filmar "Badlands", la genial, poco vista película de uno de los monstruos del cine independiente norteamericano, Terence Malick. Malick dirigió también esa joya diminutiva que es "Days of heaven", Días de gloria. Y después de hacerla se replegó al anonimato, es un artista inhallable. Esto me hace pensar en que la genialidad norteamericana está en relación inversamente proporcional a la fama, ya tengo otro nombre al dúo de Salinger y Pynchon, de quienes existe una sola foto. La cuestión es que cuando Malick le ofreció el protagónico a Sheen, éste salió de su casa a la madrugada en su coche llevado por la euforia, en esas autopistas siempre transitadas a cualquier hora, iba escuchando "Desperation row" de Bob Dylan y simplemente estacionó en la banquina y lloró de felicidad por haber sido elegido. Sheen también contó anoche que en la escena inicial de "Apocalipsis", en la que hace karate con su sombra en un cuarto de hotel, él se encontraba completamente borracho. Era su cumpleaños ese día y había empezado a beber muy temprano, y que el pase en el que golpea el espejo y se lastima la mano, no estaba en el guión. No hubo truco ni doble: se lastimó la mano por nosotros, espectadores, y para la historia del cine. Esta es una forma de martirio y santidad moderna.

viernes, abril 29, 2005

Imprímeme, léeme

Sucede cada año. La Academia Sueca premia a un escritor y pocos meses después el ámbito del castellano idiomas, acoge ya consagradas algunas muestras de una obra que suele ser mucho más vasta y diversa. Así, la austríaca Elfriede Jelinek, de quién sí se conocía algo de teatro a través del Goethe de Buenos Aires, es rápidamente introducida en el país con dos reediciones, "La Pianista" y "Deseo". Quienes conocen las deliberaciones del Nobel aseguran que en los últimos años se ha buscado premiar biografías militantes, nada de favoritos ni cortesanos, y "lenguas minoritarias o menores", es decir, literaturas nacionales no consagradas con anterioridad (la húngara en el caso de Imre Kertesz, Sudáfrica respecto del inglés en el caso de Coetzee, la literatura austríaca respecto del alemán esta vez). Con Jelinek la radicalidad de la decisión supera las predicciones. Premia una obra inseparable de una "actitud", y una literatura pestífera con lo "nacional" cuando esto es entendido como austrofascismo. Se trata, entonces, de juzgar por la punta que asoma un iceberg literario: dos novelas muy diferentes y también de mérito desparejo que, sin embargo, el azar editorial permite leer como relatos complementarios.
"La pianista" cuenta sobre Erika Kohut, hija castrada y profesora castradora del talento ajeno, quien se convierte sin buscarlo en objeto amoroso de un alumno joven. El resultado son cíclicas pulseadas entre el sometimiento y la voluntad de placer, entre el futuro y el tiempo perdido: una dialéctica erótica del amo y el esclavo en la que la edad está siempre en juego, entre los amantes y el amor, en los mercados de la moda y el deporte. Deseo ("Lust", antes traducido como "El Ansia"), trata de una pareja burguesa en el clásico paisaje del romanticismo alemán. Gerti y su esposo Hermann, empresario papelero, tienen un hijo deportista. Hermann ha dejado de visitar prostitutas por temor al sida y se ve obligado a imponer sexo a su mujer bajo el régimen de mecánicas violaciones. Michael, un esquiador a quien Gerti toma como amante, apenas le hará conocer una versión más lozana del mismo látigo. Tan escuetas como suenan son las tramas.
Mientras la mayoría de las escritoras cumple con los parámetros de lo que se entiende por narración, Jelinek los patea con gesto olímpico y renueva el lenguaje beligerante del panfleto. Uno de sus hallazgos es la crudeza con que estas novelas construyen un "nosotras", las mujeres, y al mismo tiempo un "nosotros", género humano, bajo una mordacidad igualitaria y encarnizada. A cada cual su paliza. Ambas "personas" sortean la nota dominante de la literatura de los últimos 20 años ?el desaliento ante la Historia, la melancolía por una literatura en extinción, el culto a la memoria- y el resultado es un continente narrativo donde aparecen derribadas las fronteras que atacaron Bataille, Klossovsky (en una clave más soft-porno) y Sade - el Sade de P.P. Pasolini. Quizá el "efecto Jelinek" sea lo más estimulante. El efecto-J, una máquina de sarcasmo. Veamos cómo funciona.
Pedagogía Es sabido que Bertolt Brecht tenía en su escritorio un burrito con un cartel colgado al cuello: "Hasta yo debería entenderlo". El afán de Brecht y su famoso "efecto-V", o de distanciamiento, era pedagógico. A través de técnicas de representación teatral "demostrativa", de líneas muy estereotipadas, las masas podían ser instruídas. Era preciso educar al burro proletario. La fuerza de estas dos novelas deriva de su cualidad pedagógica insistente, una reeducación del ciudadano lector.
Una de sus claves de ambas novelas es que se narran en presente, el tiempo mientras se lee. Una voz en pasado debilitaría el shock con sus capas de tiempos diversos y sus relativizaciones. Cuando los medios masivos han gastado todas las retóricas, sólo la presencia puede ser panfleto, de allí que opte por un presente inmóvil. Es el presente del teatro, donde las acciones no pueden escapar de lo "actual", y también el de la tortura. Esto no quita que el presente puede matizarse de otros tiempos internos y superpuestos. Así, uno de los grandes momentos de La pianista es cuando Erika se mete en un peep-show lleno de inmigrantes. Existen el presente de la actuación en la pecera, el de la masturbación en las cabinas y un tercer tiempo acelerado de la ranura donde el espectador debe meter las monedas —dinero, condición misma del tiempo-, a fin de que los dos presentes anteriores continúen como tales y no se conviertan en pasado. En el concierto y en la clase existen los presentes de la interpretación y de la contemplación, el del alumno y la concertista. También los presentes paralelos de la pareja sado-maso.
"Hasta yo debería entenderlo" ¿Cómo se construye una pedagogía en la era de los medios masivos? Es preciso ensanchar todo lo posible el lenguaje para atrapar a la mayor cantidad de burros voladores. Para sacudir el aparato de inagotables clichés, las emociones son retraducidas mediante analogías pedestres, incluso estrafalarias. El "efecto-J" ataca la elegancia de la literatura pero pretende una elegancia de la injuria. Así, Erika y su madre viven "encerradas bajo la misma quesera de cristal". "La madre le ofrece la elección, un amplio espectro de pezones en las ubres de la vaca llamada música". En el panfleto cuenta menos el rigor que el poder de fuego: cuantos más campos semánticos incluya el panfleto, cuanto más hiperbólico, mayor cobertura. Cada lector muerde la metáfora de su preferencia y el burrito es instruído. Esta estrategia es particularmente insistente en Deseo, donde las violaciones se suceden al promedio de una por página: de tan abierto, el pastiche de metáforas es inescapable. La prosa se sirve de la poesía barata, tanto como del estilo sublime y el registro publicitario. "Como se toma asiento en un sillón, sólo un instante, con la fingida objetividad de un telediario de la noche, (el director de la papelera) se ha dejado caer pesadamente dentro de la mujer, atacando desde atrás a la bomba de la estación de servicio de su vida, donde va a buscar los consuelos del sagrado sacramento. ¡Debe dejarle llenar el tanque con toda tranquilidad! ¡Super!" (en D.).
En tanto construcción histórica, el burro de Brecht tiene poco en común con el de Jelinek. ¿Quién sería considerado un burro hoy? Ella le cuelga el cartel al compatriota medio, televidente pasivo, gran consumidor de deporte y víctima gozosa de la trinidad Estado-Mercado-Partido. Leemos en Deseo: "Con la llave del portal se adquiere el derecho a la ración diaria y se puede tirar del clítoris o cerrar de golpe la puerta del water; la patria católico romana se pliega pero hace que la gente vaya a los centros de planificación familiar y se case"? Jelinek se servirá de uno de los lenguajes más codificados, que además supone en sí una pedagogía reglamentadora: la pornografía.
Porno-capitalismo Jelinek corrige a otro vienés. Capitalismo es destino, afirma, el sistema ya tiene un pliegue biológico. La pornografía, en tanto dogma sexual que atraviesa todos los paisajes e idiomas, es una de las ventanas por las que éste se cuela. No se trata, creo, de la crítica habitual a los roles de género que destacan todas y cada una de las reseñas que Jelinek ha tenido. Va mucho más allá del rol. La anatomía ya ha automatizado sus respuestas al capitalismo con funciones orgánicas. Deseo toma los recursos narrativos del cine porno y les cambia el signo. La musicalidad virtuosa de la prosa encadena de manera aleatoria secuencias sexuales que también imitan la automatización de la maquinaria industrial. Escribe primeros planos anatómicos que en lugar de desencadenar flujos erotizantes masivos, a la manera de un bostezo contagioso, repugnan. La castración está siempre en el horizonte de los posibles correctivos a ese burrito lascivo.
En un reportaje Jelinek ha descripto a la pianista como "una mujer fálica que se apropia del derecho del varón a mirar y lo paga con su vida". Es que los genitales femeninos están "infamantemente encastrados en la montaña". El leitmotif y el fracaso del cine porno es que la conducta de los genitales femeninos no se puede ver —es invisible a los ojos, diría "El Principito", tan pequeño y ya lo sabe. En el peep-show ella siempre quiere ver más, corrijo, siempre quiere ver más adentro: "El hombre debe de tener la sensación de que la mujer le oculta algo decisivo en cuanto al desorden de sus órganos, piensa Erika. Precisamente lo que oculta, estos últimos resquicios, incita a Erika a buscar constantemente lo nuevo, lo más profundo, lo prohibido. Ella anda siempre detrás de una perspectiva nueva e insospechada. Su cuerpo jamás ha delatado sus misterios, ni siquiera en la posición con las piernas abiertas frente al espejo de afeitar, ni a su propietaria". En "Deseo", también, "como una rana, la mujer tiene que abrir las piernas hacia los lados, para que su marido pueda mirar dentro de ella lo más posible, hasta la Audiencia Provincial para Causas Penales, y examinarla". Así, la "verdad" de la mujer requiere de medios científicos para revelarse, ¡una colposcopía! El método sexual de Jelinek no es en verdad porno sino ginecológico. Busca el punto de vista de la cámara, prótesis de un pene cíclope y por desgracia ciego. (Comparado con esta prótesis,—cuán tierno y arcaico parece aquel "instrumental para mujeres mutantes" de "Pacto de amor", la película de D. Cronenberg!). Sísmico al igual que el del hombre, el disfrute es imperceptible en términos de registro. Le falta su escala Richter. En la pornografía la mujer sigue actuando el placer masculino. De hecho, el suyo es de índole vocal —ellas gritan oh, a veces ah, no depende del tamaño sino del idioma-, pero nunca pasa de las artes teatrales. De alli que, como piensa el amante-alumno de Erika, "los esfuerzos masculinos sean tan arduos, dado que no puede superar su rendimiento en función de la expresion del rostro". El orgasmo femenino es una de las últimas fronteras documentales de la cultura audiovisual. En ese territorio de actuación y eufemismo, caben todas las metáforas que a Jelinek se le ocurran. Es en la literatura vienesa donde se desmonta la teoría freudiana de la sexualidad femenina. Es en el panfleto donde se desmantela el gabinete, ese confesionario de la familia.
Antiheimat Parafraseando a Laurie Anderson en "What is more macho?", podemos preguntarnos "qué es más patria". ¿Será más patria "una eterna fiesta campesina para las cooperativas agrícolas, que no quieren conocer al individuo concreto al que ahogan en productos lácteos pasados de fecha y queso envenenado?"; o bien "esta doncella naturaleza", el paisaje que se ve por la ventana violado por la industria (en D.)? Si Jelinek se lo pregunta no es para exaltarla sino para refundirla. Austria es un "País de alcohólicos", reduce en "La Pianista". El panfleto siempre reduce para enseñar al burro.
Se trata, claro, de una pregunta con historia en la literatura en alemán: en los últimos 250 años, lengua y patria se han construido con ladrillos a préstamo en el idioma de Musil. Para el romanticismo histórico, de Goethe a Adalbert Stifter, patria podía era la suma de los dones geográficos bajo el paraguas de una expresión, el terruño germanoparlante. Desde los años 30 hasta el fin de la Segunda Guerra, Austria pensó su patria como integrante del paisaje alemán. El tránsito de la patria como paisaje a la patria como Nación, problema que ocupó a las literaturas alemanas desde el siglo XIX, encontraría a dos acérrimos críticos en los austríacos Robert Musil y Thomas Bernhard, paradigma de lo que la academia austríaca encuadra como novela anti-patria (Antiheimatroman). Nacida en Estigia, Jelinek se reivindica como "una autora de provincia" para vomitar sobre la ciudad sede del gobierno. Nada es más patria que Viena, capital del asco.
Tampoco queda el recurso de pensar que patria sea la lengua: esta es la herramienta de los medios. El murmullo de la televisión recorre la Pianista como un narcótico ambiental distribuido desde la usina misma del Sistema a los hogares de toda Austria: cohesiona a la familia freudiana, llena las noches vacías. Nada es más patria que la cultura baja.
Viena, "Ciudad de la música". Toda patria trae su génesis y el arte es el punto en que lo nacional cristaliza en una cosmogonía: "en los días en que Bach compuso los seis conciertos de Brandemburgo, las estrellas se habían reunido a bailar en el firmamento. Cada vez que esta gente habla de Bach, aluden a Dios y a su morada". Un gran intérprete de hecho es un actor fundamental para la patria, mientras el mediocre sufre un doble ridículo por los alcances de su impostura. "Pocas veces se crece junto a los grandes", eso lo sabe Erika tanto como el compañero de Glenn Gould. En los motivos del arte y el genio, Jelinek dialoga con Bernhard. Erika restituye un intimismo grotesco a "El malogrado" al indagar en el enigma del genio. Piensa su madre que "Erika es un genio en lo que se refiere al piano, solo que aún no ha conseguido el merecido reconocimiento. De lo contrario, hace ya mucho tiempo que habría llegado a las más altas cumbres, como un cometa. En comparación, el nacimiento del niño Jesús fue una alpargata". De hecho, debido a su aspiración a lo sublime, la música encarna al punto más alto del ridículo. "La pianista fracasada estira en vano sus brazos hacia el destino, pero el destino no hace de ella una pianista". Pero la patria tiene de bueno que se sirve de todo, es incluyente y reserva un sitio a los malogrados. Erika sabe que "lo único que aún podrá alcanzar es la cátedra, el título de profesora del que ya hace uso y que concede el presidente de la República".
Pero los tiempos cambian, quizá hoy sea más patria el deporte, "¡?esa fortaleza del hombre pequeño, desde la que puede disparar!" (en D.) Contraparte del arte sublime, en lugar de una cosmogonía ofrece una coregrafía en el campo de juego. Junto a la televisión y la pornografía, el deporte es otra de las instancias privilegiadas en que el ciudadano queda reducido a espectador de la patria, a un activo patriota pasivo. (Una de las obras teatrales más celebradas y criticadas también de Jelinek es "Sportstück", pieza deportiva.) Las alusiones al deporte son obsesivas e integran, además, el acerbo inagotable de analogías para codificar la violencia.
Cada renglón de Jelinek es terreno ganado a la corrección política, un protocolo de respeto surgido ante los automatismos de la discriminación de mujeres y minorías. Aunque quizá resultó útil históricamente, esta cortesía consolidó tabúes y colaboró en la formación del guetto de la llamada literatura femenina. Aunque estas protagonistas jelineskas son víctimas del poder —de un género sobre otro, de las jerarquías dentro de una familia freudiana trastornada por el capitalismo, del consumidor ante lo que la publicidad le hace a su cerebro?, no son menos abyectas que sus galanes. No te confundas, dice la Frau Professeurin Jelinek, la víctima se disuelve y reproduce violencia a su alrededor. Sus injurias apuntan primero al macho pero muy pronto disparan contra el evangelio feminista. Los derechos aquí importan menos que el empeño en conquistar un destino individual. Así, se pregunta con desdén "¿Por que Erika habría de satisfacer los sueños de la madre si ni siquiera puede llegar a cumplir los propios? No llega ni tan solo a pensar de forma seria en sus propios sueños, no hace más que mirar estúpidamente por encima de ellos."
Hay en ellas un capital narrativo de experiencia no transitada. En La Pianista, que toma el tema bovariano de la vida-no-vivida de las mujeres, el melodrama es el fracaso de un destinos en el arte o tan siquiera en el amor. En "Deseo" no hay auténtico melodrama sino reiteración insensibilizadora de un modelo impuesto desde el Sistema. A excepción del final, en el que Gerti hace saltar el eslabón central de la máquina, la serie de la Madre. Pero hay incorrección para todos, incluso para los pobres desocupados. En "Deseo" leemos que "la masa hace que nuestras fábricas no se derrumben porque son apuntaladas desde adentro por montones de personas que intentan eliminar lo social de su estructura. Y los parados, que forman un sombrío ejército de nulos, a los que no hay que temer porque a pesar de todo votan a la Democracia Cristiana".
Estas dos novelas le devuelven al papado del campo cultural —la Academia, los Medios, el Mercado, en su función "more macho, más patria", la categoría de una literatura escrita para mujeres por mujeres. Es una pirueta de la Historia que sus maniobras no sean comparables a la poderosa eyección del guetto femenino que significa el premio Nobel. ¿Le importa a Jelinek el género de sus lectores? Sí, le interesan los burros en toda su variedad de pelajes. El narrador —porque no siempre se trata de una narradora, el género cambia según el renglón? cada tanto marca el afuera en el que permanecen los lectores. Pero ellos no están tan seguros ni tan afuera. El procedimiento es el clásico de la vanguardia: taladrar la tradición y meter la vida por los agujeros. "Como usted se supone que caminó también Jesús, eterno viajero por Austria y sus representantes, por su entorno, y miró si había algo que mejorar, que castigar o que encontrar. Y la encontró a usted y la ama como a sí mismo. ¿Y usted? ¿Sólo ama el dinero que tienen los otros?"(en D.)
More macho, más patria Argentina es un país donde rara vez una escritora es tomada en serio salvo por sus amigos o por críticos gay. Un varón argentino nunca ve a un par en una mujer. Alfonsina Storni no es más que el nombre de una canción que le escribió Félix Luna. Los escritores no leen a extranjeras ni a connacionales pero a fin de cuentas importa poco porque más del 70 por ciento de los lectores son mujeres, como también lo es el 80 por ciento de quienes compran libros. Es un medio, éste, en el que se han escrito centenares de estudios sobre ínfimos detalles de las dictaduras pero a ningún historiador se le ocurre indagar en los orígenes de nuestro culto a la personalidad, ni en las políticas instrumentales del machi-fascismo que es nuestro pasado, presente y futuro ?con la honorable excepción de "Médicos, maricas y maleantes", de Jorge Salessi, que no es historiador. Un episodio del Congreso de la Lengua ilustra la singular torsión "canchera" y maleducada del machifascismo argentino. Nadie vio ninguna grosería en que Roberto Fontanarossa, encargado de cerrar el encuentro, lanzara una perla de nuestra mejor picardía: "en Rosario hay buen fútbol y mujeres hermosas, ¿qué más puede pedir un intelectual?" More macho, más patria. ¿Qué clase de animal es ese? Buenas noticias: acabamos de encontrar al burrito de Jelinek. No tiene importancia si lea o no a esta yegua.
Jelinek contra la patria, último número de la revista "Otra parte"

jueves, abril 28, 2005

Apostilla a un post

Quisiera comentar un post a "El corral de Avellaneda" mediante una brevisima anécdota personal. Sé que la biografía no hace el mejor argumento, que es pobre y un poco berreta mandar a guardar al otro con la "experiencia", pero quizá sea preferible a una reacción airada, responder con "actitud". Pido, entonces, paciencia. Festejé la Navidad de 1999 en un departamento de la calle Entre Rios e Independencia. Eramos más de diez personas, a medianoche salimos a festejar en la vereda. Estábamos chochos, bebíamos. Como había unos cordobeses de visita, decidimos obsequiarles un tradicional rito cordobés, tirar un globo aerostático de esos que funcionan con un hornito de alcohol en la base y que tan lindo lucen en las sierras. Sí, esos capaces de incendiar un bosque. El globo se levantó derecho y bien iluminado con el viento que corre en la avenida. Terminó colgando encendido como una bocha en el balcón del cuarto piso de la vereda de enfrente. Estuvimos muy cerca de incendiar una casa. Estuvimos a punto de arruinarle la vida a más de uno. Y eso que no hubo víctimas. Y eso que no te cuento cómo terminó para unos vecinos míos la fiesta del puto milenio...
Entonces, Despeinada, ¿qué vamos a reivindicar? ¿Qué mierda podemos reivindicar como pauta de convivencia autóctona? Tirar cañitas voladoras no me parece, humildemente, un derecho humano. Me parece un hábito que puede llegar a ser criminal y que de todos modos siempre es suicida: a esta altura no le encuentro un nombre, me parece una tara. Y eso que te juro que me encantan las cañitas voladoras. Por último, no tengo ejército enemigo. Y tampoco me parece un acto libertario abolir la palabra "abolir".

Gabo y el fakir

Después de andar flaneando por la enciclopedia Google, tomo dos datos de los que me propongo extraer alguna conclusión. Por hábito de la cháchara o ejercicio de la inventiva.
El 5 de junio de 1967 sale en Buenos Aires "Cien años de soledad". A último momento una corazonada hace que el editor, Paco Porrúa, lleve la tirada original de 5000 a 8000 ejemplares. La edición se agota en apenas 15 días.
En diciembre de 1939 Juan Carlos Onetti publica su primera novela, "El Pozo". Sale en la editorial Signo, propiedad de dos amigos suyos. La edición de 500 ejemplares tarda 20 años en agotarse.
Desde luego, los dos hechos no admiten ninguna comparación, empezando no más por las tasas de alfabetización de ambas décadas, las dimensiones del aparato comercial-editorial de Uruguay y Argentina. El período que va del 65 al 75 podría pensarse como la era de la Ilustración no sólo en América latina, es quizá el punto más alto de la influencia del libro impreso en toda su historia. De hecho, la tirada y los ejemplares tientan a discurrir sobre el conformismo de los años treinta y la radicalización de los 60. La insurgencia de los años 60 es un producto indiscutible de la cultura letrada, es una revolución ilustrada. No solo sale de las fábricas, sale de los libros, de la lectura de Marx y de las energías imaginarias promovidas por la ficción.
Por otra parte, "El pozo", una novela que me encanta, es de las más depresivas que pueda recordar, mientras la novela de García Márquez es una especie de gira por un supermercado de golosinas. Su lectura engorda, ¿estará en la base de la dieta Fernando Botero?
Pero algo más: la fidelidad esclava del escritor a su editor. García Márquez sostendrá la suya con Porruá hasta hace pocos años. Mucho después del Nobel seguirá dándole a leer sus manuscritos. Todavía cultiva la lealtad hacia el editor colombiano, en su país no lo edita Mondadori.
Igual Onetti, aunque con su estilo tan distinto, su estilo fakir: "Yo siempre cambiaba de editorial en cada obra para repartir mejor las pérdidas."

miércoles, abril 27, 2005

El corral de Avellaneda

Hoy, en La Nación, noticia sobre la seguridad en la escuelas porteñas. Quisiera aportar que en la escuela Avellaneda, "ese corral" de adolescentes, resolvieron el tema "puerta de emergencia" pintando un stencil donde se lee "puerta de emergencia" sobre la puerta de entrada. En cuanto a la llamada "puerta auxiliar", permanece clausurada desde la pasada década debido a que los chicos se escapaban de clase por ahi. Sobre estos hechos, mañana no habrá clase formal dado que visitará la escuela la "madre de una víctima de Cromañón" para dar una conferencia y tomar contacto con el alumnado. ¿No sería más apropiado que diera una conferencia un experto del cuerpo de bomberos? ¿No hay que abolir las cañitas voladoras? A ver, ¿las cañitas voladoras y los petardos son lo que nos hace progres?