Ann Arbor, 04
Hace un año exactamente yo desmantelaba sola una casa para tres en EE.UU. Era una casita para estudiantes en un barrio universitario, básica pero con cierto encanto, como uno de esos dúplex baratos de la costa. Quedaba en las afueras del pueblo, en medio de un bosque y de esa nada que llenaban la ruta y los chalets, en barrios proyectados al estilo de una cancha de golf, con sus estanques, montes, colinas. A pocos días de llegar, en diciembre, la geografía sepia había perdido toda su botánica, enterrada en el manto de nieve. Los árboles se habían llenado de caireles de hielo y parecían las arañas del Hermitage. Vivíamos en un espacio blanco desde el suelo hasta el cielo.
Como todo el mundo sabe, no existe la mano de obra informal en ese país, o resulta carísima de todas formas. Armar la casa había sido más liviano también por el entusiasmo, el varón me ayudaba. Todo lo habíamos hecho solos; habíamos comprado las lámparas chinas en paquetes en el súper y las habíamos armado con las instrucciones mal traducidas al inglés, habíamos construido mesas, bancos, veladores; en verdad, todo tenía que armárselo uno excepto la tecnología. La mayor parte de esos bienes se los había vendido al "hombre de mantenimiento", que era negro y llevaba aros de brillantes. Siempre me visitaba buscando conversación y no le importaba en absoluto mi cigarrillo. Ahora mi amigo se había accidentado en una caída, le habían enyesado el hombro y yo estaba desmantelando la casa sin su furgoneta, arrastraba los colchones de resortes de un lugar a otro a través del pasto húmedo. La geografía se había descongelado en pocos días a fines de marzo y yo salía a caminar temprano por esos barrios de chalets, atravesaba los párkings de empresas con cientos de autos estacionados de los que no subía ni bajaba nadie, ninguna presencia humana salvo el aliento del asesino serial que uno siempre imagina que lo está mirando, precisamente por la ausencia crónica de testigos. Hace poco leí los poemas que Joseph Brodsky escribió durante su estadía en ese mismo pueblo de Michigan. Están fechados en 1972 y en Ann Arbor, donde él tuvo una de esas becas de exilio. Los dos hacen referencia a sus problemas en la dentadura "que contenía ruinas más abjectas que un Partenón-". No sé traducir poesía pero lo intento con los últimos versos de "En el distrito de los grandes lagos":
"Todo lo que escribí entonces era incompleto:
mis líneas expiraban en una ristra de puntos. Desmoronado
yo caía, con toda la ropa puesta, en la cama.
A la noche miraba el cielorraso oscurecido
hasta ver una estrella fugaz que justo entonces,
conforme a las leyes de la autocombustión,
se disparaba antes de que hubiera pedido un deseo-
a través de mi mejilla y dentro de la almohada."
Como todo el mundo sabe, no existe la mano de obra informal en ese país, o resulta carísima de todas formas. Armar la casa había sido más liviano también por el entusiasmo, el varón me ayudaba. Todo lo habíamos hecho solos; habíamos comprado las lámparas chinas en paquetes en el súper y las habíamos armado con las instrucciones mal traducidas al inglés, habíamos construido mesas, bancos, veladores; en verdad, todo tenía que armárselo uno excepto la tecnología. La mayor parte de esos bienes se los había vendido al "hombre de mantenimiento", que era negro y llevaba aros de brillantes. Siempre me visitaba buscando conversación y no le importaba en absoluto mi cigarrillo. Ahora mi amigo se había accidentado en una caída, le habían enyesado el hombro y yo estaba desmantelando la casa sin su furgoneta, arrastraba los colchones de resortes de un lugar a otro a través del pasto húmedo. La geografía se había descongelado en pocos días a fines de marzo y yo salía a caminar temprano por esos barrios de chalets, atravesaba los párkings de empresas con cientos de autos estacionados de los que no subía ni bajaba nadie, ninguna presencia humana salvo el aliento del asesino serial que uno siempre imagina que lo está mirando, precisamente por la ausencia crónica de testigos. Hace poco leí los poemas que Joseph Brodsky escribió durante su estadía en ese mismo pueblo de Michigan. Están fechados en 1972 y en Ann Arbor, donde él tuvo una de esas becas de exilio. Los dos hacen referencia a sus problemas en la dentadura "que contenía ruinas más abjectas que un Partenón-". No sé traducir poesía pero lo intento con los últimos versos de "En el distrito de los grandes lagos":
"Todo lo que escribí entonces era incompleto:
mis líneas expiraban en una ristra de puntos. Desmoronado
yo caía, con toda la ropa puesta, en la cama.
A la noche miraba el cielorraso oscurecido
hasta ver una estrella fugaz que justo entonces,
conforme a las leyes de la autocombustión,
se disparaba antes de que hubiera pedido un deseo-
a través de mi mejilla y dentro de la almohada."



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