La duración de la esperanza
Al llegar al trabajo, abro el diario digital. Primera noticia, algo inaudito, un juez de Mercedes ordenó la apertura preventiva de las cajas de seguridad de cuatro morosos impositivos que deben cada uno más de 10 mil pesos en impuestos. Me parece alentador. "La mejor manera de respetar al que paga es perseguir al que no paga", dice el gobernador Felipe Solá. Me digo, ¡Muy bien!. Una campaña moralizante se ha puesto en marcha para castigar por una vez a los evasores. No importa, me digo, que los peces más gordos no sean perseguidos. Estos morosos deben de todas formas. Y si bien diez mil pesos no son una suma sideral, hacen muchos recursos repartidos entre los hospitales y las escuelas. Tengo entonces una ensoñación anacrónica, caigo en un hechizo temático. Imagino la edificación de barrios obreros, calles de barrios con chalets, una fantasía social completa con todos sus detalles como los cuadros de Daniel Santoro. Y me ilusiono con la proyección, a lo Brecht, "después irán por los herederos de Yabrán y por Miguelito Romano y todos los de mi competencia, históricamente los mayores evasores hormiga de este país de pagos en negro, los garagistas que nunca dan boleta y se tragan tu iva, y por último con los psicoanalistas ricachones que pagan monotributo". Con la alegría del sacrificio, como un donante de sangre que salva al enfermo anónimo, me hago peronista durante una hora.
Tomo café y rueda la página. ¿Para qué? Más abajo leo que el gobernador niega haber cobrado sobresueldo cuando era secretario de agricultura durante la primera gestión de Menem. Cuesta creerle. "Ah, pequeño saltamontes! En este valle la esperanza es una sensación efímera."
Tomo café y rueda la página. ¿Para qué? Más abajo leo que el gobernador niega haber cobrado sobresueldo cuando era secretario de agricultura durante la primera gestión de Menem. Cuesta creerle. "Ah, pequeño saltamontes! En este valle la esperanza es una sensación efímera."


